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Quien quiera servir a Dios y entrar en su reino debe ser santificado para ello. Por supuesto, esta santificación viene de Dios. Sin embargo, no funciona sin nuestra propia ayuda. El Apóstol Mayor explicó lo que esto significa en un Servicio Divino.
En el primer Servicio Divino que el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider celebró en Praia (Cabo Verde), el tema central fue la santificación. El Servicio Divino del 25 de febrero, dirigido especialmente a los portadores de ministerio, tuvo lugar en Achado Mato y se basó en el pasaje bíblico de 1 Pedro 1:15: “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir”.
“Que Dios es santo, lo tenemos claro”, explicó el Apóstol Mayor. “Dios es más grande que cualquier ser humano y que cualquier cosa que podamos imaginar”. Dios es perfecto. “Como el amado Dios quiere conducirnos al reino santo, debemos llegar a ser santos”.
La santificación es un don de Dios:
Pero, además, la santificación es una tarea:
Nadie es merecedor de la elección. Dios eligió a los cristianos para hacer de ellos su pueblo santo. “¿Cómo podemos saber que pertenecemos a Dios?”, preguntó el Apóstol Mayor. “Habría que verlo en nuestra vida cotidiana: Aquel es un peregrino en la tierra. Tiene otra meta”. El dirigente de la Iglesia internacional planteó la pregunta: “¿Se da cuenta realmente la gente de que los hijos de Dios son hijos de Dios? Sinceramente, no siempre. Aún podemos mejorar en ese aspecto”.
Los portadores de ministerio han recibido una tarea especial a través de su llamamiento, su encargo ministerial. “Este ministerio es santo, este encargo es santo. Y como tenemos este encargo santo, el portador del cargo también debe ser santo”. Esto no significa que una persona se vuelva perfecta a través de su ordenación. Más bien, “a través de la ordenación, Dios nos ha santificado para que nosotros, como personas imperfectas, podamos hacer un trabajo perfecto en el nombre de Jesucristo”.
Los portadores de ministerio también tendrían que trabajar en su santificación:
“No hemos sido ordenados solo para predicar el domingo por la mañana. No, somos portadores de ministerio día y noche”, subrayó el Apóstol Mayor. “Servimos al Señor no solo cuando es bonito y agradable, sino también cuando se hace difícil y cuesta muchos sacrificios”.